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Perfumes de diseñador

Chanel nº5

Hay perfumes que son perfumes: fragancias y esencias en un pequeño frasco. Y hay perfumes que son otra cosa: son historia, mito, memoria, son un icono o una pieza de arte. Cada vez hay más perfumes que son algo más que un olor, que nos permiten un viaje con el olfato lo mismo que los libros nos permiten un viaje con las palabras. Pero hubo un tiempo en que estos perfumes-icono se contaban con los dedos de las manos y, finalmente, si nos tuviéramos que quedar con uno, con el perfume por antonomasia, con el que siendo tan único se ha vuelto tan universal que es capaz de aunar en sí mismo al resto de fragancias, sería este: Chanel nº5.

Número 5 fue de los primeros perfumes (si no el primero) que incluyó en su composición compuestos sintéticos como los aldehídos, en una época, los años 20 tras la primera guerra mundial, en la que los perfumes eran casi imperturbablemente monoflorales. El frasco también resultó una ruptura, pues frente al barroquismo de los frascos de la época, Coco Chanel apostó por la sencillez como emblema. Hoy en día conviven ambas tendencias: los frascos barrocos y llamativos como el imposible zapato de tacón de Carolina Herrera Good Girl y los frascos insultantemente sencillos de las casas nicho, que básicamente te dicen: cada euro que te gastas en esta carísima fragancia va íntegramente a la producción de su exclusivo olor. Pero la sencillez como lujo se la inventó Coco Chanel, no lo olvidemos.
Lo barroco se ha vuelto kitch, lo sencillo se ha vuelto minimalista, y han encontrado la manera de sobrevivir, pero no de mezclarse, en dos perspectivas ante la vida.
El perfumista Ernest Beaux creó diferentes fragancias, y fue la muestra número 5 la que más le convenció tanto a él como a Cocó Chanel. ¿Se os ocurre alguna manera más sosa de escoger el nombre de uno de los perfumes más emblemáticos de la historia? Pues funcionó. Vaya si funcionó. Número 5 se volvió signo de distinción, de elegancia, de seducción. Conquistó a estrellas como Marilyn Monroe o Andy Warhol.

Pero, más que todo eso, creo que lo mejor define esta fragancia es la cola de los soldados a las puertas de la boutique de la calle Cambon para comprar un frasco de este perfume a sus mujeres. Sí, creo que eso es lo que significa esta fragancia: Chanel nº5 es el perfume de un soldado. Es el perfume que un soldado le regala a su novia. Es el lujo que te permites en una vida sin lujos. Es el trocito de alta costura de las clases bajas. Es la canción de amor de quien no sabe cantar y ha vivido todo lo opuesto al amor.


Un día llevé un bote de Chanel nº5 a la jam session de poesía del pub Bukowsky y, tras recitar mi poema sobre el perfume (no os preocupéis por eso ahora, el poema no era gran cosa), rocié con la fragancia las piernas del maniquí que hacía las veces de atril para poetas aficionados y también a todo quien quería acercarse. Al menos una vez en la vida uno, ya sea hombre o mujer, debería oler a número 5. Un olor empolvado, dulce, animal y exótico al mismo tiempo.

Eso es este perfume, es una “performance”, un “statement”, un posicionamiento evidente. Sigue siendo tremendamente reconocible, tan reconocible que exige una cierta rebeldía llevarlo puesto. Hoy en día casi no lo huelo por las calles. Hubo un momento en que tanto este como Poision de Dior se asociaban a las abuelas, esas damas antiguas que intentaban disimular el persistente olor de la vejez con fragancias intensas y caras. Reconozco que soy más de Poision que de número 5, pero también reconozco que de mi pequeña colección, es el más teatral de todos los que tengo. Y que, a veces, solo a veces, es necesario empolvarse un poco la nariz, pintarse los labios de rojo y salir a la calle como quien sale al escenario, dispuesta a bailar el tango del amor y de la muerte con este perfume tan intrínsecamente ligado a la guerra y tan opuesto a ella como la canción Lilly Marlene.

Notas de salida: aldehidos, bergamota, limón y nerolí.
Notas de corazón: rosa de mayo, jazmín, ylang-ylang, muguet, iris.
Notas de fondo: Vetíver, madera de sándalo, almizcles, ámbar y vainilla.

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