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OLOR A LIMPIO

Las revistas, los foros, las páginas, las tiendas… todo se inunda con el mismo tema repetido hasta la náusea: Recomendaciones de perfumes con olor a limpio. ¡Se busca perfume que no destaque demasiado! ¡Se busca olor que no moleste! La vieja y ajada costumbre de que las señoritas nos portemos bien, nos sentemos rectas, hablemos con propiedad, ocupemos poco espacio y, por dios, no tengamos el mal gusto de envejecer, se apodera también de los olores. 

El mandato social es este: HUELE A LIMPIO. Que se te note lo menos posible. Que tu presencia, ya que está, resulte agradable a la vista y al olfato. Prohibido oler muy fuerte. 

Es una charla que suelo tener cuando hablo de perfumes y no creáis que me encuentro demasiadas voces en contra. Me tengo que remontar a las cenas en Oviedo con la poeta Eva Vaz y su indefectible Hypnotic Poison. Helàs, no todas las mujeres nos permitimos ni nos permiten las osadías de Eva, en palabras, perfumes u otras cosas que es mejor que me calle. 

El “olor a limpio” es una perversión del más común “olor fresco”. Los perfumes más buscados para quedar bien cuando hacemos un regalo (esos, y los gourmand infantiloides, pero esa es otra historia que igual os cuento otro día) o los perfumes que utilizamos una mañana en la que no nos apetece dar demasiadas explicaciones. 

Recuerdo en mi adolescencia que perfumes como Chanel n. 5, Opium o Poison eran catalogados de “perfumes de vieja”, con ese desprecio osado de los que aún saben muy poco de la vida. Yo amaba -amo- esos perfumes. Eran por fin algo distinto, tenían un mensaje, una historia, un fondo más allá del “soy una florecita delicada” al que nos veíamos abocadas los seres humanos hembra de aquel entonces.

Una debería querer aspirar a oler a bruma en un bosque de hadas, a hoguera y playa y disturbios, a poema de Góngora, a cuadro de Georgia O’Keefee, a antro, a una noche de sexo, a hundir la nariz en el fondo de una fruta carnosa, a hombres, a uniformes planchados o marineros sucios, a collar de esmeralda, incluso a jardín victoriano donde a alguien se le ha ido la mano con las rosas o a pócima de bruja a quien también se le ha ido la mano con los ingredientes en un hechizo que –de seguro– va a tener consecuencias funestas. No sé. La lista es interminable. Hay tantos olores en el mundo que existen y aún otros millares que están por inventarse. ¿Por qué limitarse a un olor que puedes tener con una rápida ducha de agua y jabón en 5 minutos?

Y ojo, que yo también tengo días de esos, en los que busco un olorcito sutil, jabonoso, floral, abierto y no demasiado evidente para ir bien, adecuada, pulcra. Un olor que diga “hoy lo he dispuesto todo para haceros la vida un poco más agradable y que no tengáis un solo motivo para quejaros». Pero hay días, días buenos, en los que me levanto y digo ¡que le den al jodido minimalismo! ¡Basta de pulcritud! y me envuelvo en armiños y exceso y colores chillones y olores que llegan hasta la garganta y renuncio a esa torpe pretensión de pasar inadvertida y voy sucia y fragante y afirmo que sí, señores, el mundo está bien hecho. 

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