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Nicho

Genesis, de Le Frag, mortal y rosa

Cuando muera, cúbreme con una lápida de este perfume y una comisura de besos refrigerados. Cuando muera rebusca en mis bolsillos no vaya a ser que un agujero de bala haya decidido tomar vacaciones. Cuando muera no olvides pagar mis facturas, las de un tipo veinte años más viejo que su cadáver. Cuando muera no llames a casa, porque mi único hogar ha sido mantener el motor de mi coche siempre un metro y medio por delante de mi alma. Cuando muera borra los besos de cobre de mis mejillas resecas porque mi aspecto no mejorará con la sensatez de la muerte. Y luego la nostalgia de una vida de humo consumida en un cenicero de existencia, coronada por un tapiz de piedra cuyo único adorno sea un epitafio o un escupitajo.

Cuando estaba vivo, escúchame, esta fragancia me sentaba como un divieso, tenía su propia vida a pesar de que se entrevenaba en mis reconditeces. No sé si fue ayer o será mañana, pero era de una modernidad vetusta, de una vanguardia pretérita, que se añaceara en su futura añejez. Era una de esas cosas de hace muchos años, incluso antes de ocurrir, porque hay cosas que son y no suceden, como esos desgraciados que viven media vida enterrados y cuando les llega la hora en lugar de un enterrador necesitan un revisor que les taladre un agujero en la solapa de su mortaja. Y hay perfumes que son siendo algo que fue. Qué mejor nombre para algo tan perifrástico y genésico: joder, ¡Genesis!

El tiempo de este constructo naranja era una diapositiva, una suerte de anotación gráfica, un boceto a mano alzada en el interior de la tapa del féretro, lacónica abundancia de cosas reacias a la intelección. ¿Quién coño puede leer dentro de un ataúd? Te aseguro que nadie, y te lo digo por experiencia. Un tipo que ha dedicado gran parte de su existencia a cometer errores. Aquel perfume no fue uno de ellos a pesar de ser yo alguien que se merece le odies de memoria. Un interfecto de moral moribunda, cuya única pena en esta vida son todos esos libros sin firmar de autores muertos y esos perfumes olidos que no tienen ya sangre que los caliente.

Qué maravilla para recordar, en una mísera centella de lucidez tras años de ceniza. Es una cosa. El floral endemoniado y brutal de una muerte con medias de mujer. Los narcisos caducos y romos que arrojan al crepúsculo la añoranza de un tiempo que por malo era mejor que vivir sin sentido, abrazado a una sufrida camisa de fuerza, masticando los suaves rebordes de un vaso de ginebra. Y luego ella, de belleza aullante como un tiro en el hígado. Aquella mujer de pesadilla, fatal, lisérgica, que se movía con la gracia submarina de la adicción, de una hermosura cincelada en la turbidez del humo de su cigarillo. Y una magnolia aldehídica y nuclear prendida de su sofisticación decadente. El olor de una bestia en celo.

Ese perfume de beldad sin errores, de lisura de losa sobre mi sepultura pagada a plazos. Esa belleza que no se obtiene: se contrae, como sífilis de pasado escabroso y lúbrico y lúdico. Como follar para morir después, pero un poco menos. Un perfume para guardar en el cajón de las bragas. Y dejar en su lugar, sobre el tocador, un revolver humeante, una nota para el juez y una colilla ebúrnea maculada de un carmín mortal y rosa.

Dedicado, nuevamente, a mi añorado Alvite, y a Paco Umbral. Por cierto, por si no ha quedado claro, el perfume me ha encantado. Me ha hecho soñar, y eso ya es muy difícil, qué coño, imposible. Reseña a bocajarro, realizada desde una muestra adquirida a la propia casa Le Frag:

Genesis es una creación de Miguel Matos para esta nueva casa nicho, fundada y dirigida por Aga Lewandowska, que cuenta con otra fragancia en su línea, Pippilota, de la que ya hablaremos más adelante pues pronto podré probarla. Para todos aquellos que quieran un aproximación menos literaria a esta creación, puedo decirles que es un floral sucio cuajado de potentes aldehídos de primera categoría. Tiene una salida muy desafiante, es cierto, pero se aquieta en unos diez o veinte minutos, cuando clarea la untosa y pesada bergamota y se abren los bellos acordes florales de su corazón, destacando el narciso (una de las más caras y elusivas materias primas de la perfumería). Hay un componente dulce (declara coco, grosella y fresa) pero no consigo aislar ninguna de dichas notas, tal vez por la maestría de su mezcla, alícuota y medida, casi perfecta, creando un cama mullida de dulzor que contrarresta la civeta, y ésta sí que es prominente, y mucho, dominando el secado de manera casi tiránica (es lo que me ha conquistado de Genesis). Creo que la palabra adecuada no es contrarrestar, sino amalgamarse, porque esas notas dulces poseen una muy buena capacidad combinatoria con la civeta, creando un acorde animal, floral sucio de una entidad clásica, vintage, tremendamente hermoso, empero complicado. No es una fragancia para todo el mundo: es un regalo a la individualidad, a su individualidad y personalidad. Nadie olerá como usted. Lo dicho: un perfume noir, propio de una femme fatale del cine clásico norteamericano de los años cuarenta y cincuenta. Una maravilla artesanal, cuidada, mimada, ahíta de materias primas de primera calidad, potente, casi violenta. Perfumería a quemarropa.

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  1. ALTAICA

    Apasionante ejercicio de estilo introspectivo. Casi sin red. Una suerte de La gran belleza o The Duke of Burgundy literario.

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