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Opinión

La perfumería como aforismo olfativo y el dardo en la palabra

Decía yo en una pasada entrada en este mismo rincón que la perfumería vive un tiempo convulso, pero no por ello menos interesante. El advenimiento manu militari de una sociedad de la información beligerante y amasadora y el posmodernismo rampante han alumbrado monstruos y traído consigo epifanías de tiempos por venir, tiempos oscuros. La democratización de la opinión, el amateurismo de un sector amplio de la crítica preso de una autorreferencialidad pacata y lela, la sentenciosidad de la industria y algunos de sus autores, el extrañamiento de una parte magra de los viejos referentes, la corrección política gazmoña, la autocensura, el mercantilismo rampante y el crecimiento desbocado, tumoral y enfermo de una oferta mediocre cimentada en clones iterados ad nauseam preludian y son heraldo de un cambio de ciclo, o quizás mejor: de una total ruptura de la perspectiva.

El tronar de tambores de una famélica legión de artistas sin arte. ¿Y qué nos resta a usted y a mí? Yo le diré lo que añoro. Anhelo la alquimia divina (martirio delicado, horrible y gustosísimo): un puro aforismo en la nariz, como un tiro de acordes en el seso para escribir mi vida con sangre en escayola. Deseo la pura y carnal indagación de nuestra realidad en el olfato, y asombrarme por ello, cavar mi sepultura en un misterio prendido en lo que se nos aparece como más diáfano, pues tiene algo adánico, de primitiva lujuria, como compartir la sangre del cepillo de dientes con aquella mujer que olía mejor que el postre y que te robaba las lágrimas para aguar una copa de bourbon. Busco la tosquedad que alumbre sutilezas, cuando no belleza de fogueo, esa beldad mentirosa, inútil pero carnal, perifrástica y efímera: el perfume. Quiero penetrar la espelunca de olor fumoso y bronquial, y ser un cadáver de humo, contar los días del puerperio de una diosa con menopausia en el umbral de su vagina, y oler los días por venir en besos de alpaca y flores muertas. Pues como escribió un poeta, el olor de la tierra no envejece, el de sus flores sí. Y no estamos para lirios mientras la carne no se da por terminada. Ayúdame, lector, a indagar, a comenzar la búsqueda ontológica de la más alta formulación. Persigamos su pulsión embellecedora lejos de apotegmas morales que desdeñan. La formulación afortunada o magistral deviene perfume radiante. Y el espacio se aplaza y luego dentro de su interioridad se aniquila en la nariz del ser en esas integraciones y desintegraciones, apariciones y desapariciones cuando se dirige a la belleza.

Yo tengo a Benjamín Jarnés y su talento de bolsillo y, usando sus palabras: ¿por qué no trasladar a la perfumería las sutilezas arquitectónicas decorativas: gárgolas, cardinas, ménsulas, capiteles, ajimeces, rosetones, parteluces? Y del elemento técnico a la osadía procedimental, de sujetos y aromas, como un polígrafo que rayara en la grafomanía de palabras como olores de relámpagos esclarecedores y luces de observancia. Y carácter lírico, si me permiten, sensorial y ardiloso y descondicionados de técnicas canónicas. Esas putas antiguas tan decorosas en su núbil desnudez gástrica. Mezcla armónica de ligereza y gravedad, retahílas y acordes subvertidos, notas contemplativas, como una suerte de greguería perfumística que nos deje entontecidos como alondras. Mi alma a pique.

Decía Lorca que el arte no es lo que se creen las gentes. El arte es otra cosa. Es por tanto indefinible porque es en sí mismo definición. Y definir es cenizar. Perfumar es quintaesenciar. Ay, el azafrán de soles occiduos y rojos ponientes. Es como subrayar una Biblia con carmín rojo. Hay perfumes radiantes en los que Dios te sale gratis.

Y en lugar de lo escrito tenemos esto… Tal vez lo único que sacaremos de todo este sindiós sea que el muchacho pueda al fin pagar un logopeda. Y el otro que es una cosa, esa cándida criatura simplona, pasmada, de biografía escrita con un quitamanchas y alias de corista, que sólo pasaba por allí al 75% de estolidez suburbana. Reata de picapleitos imaginados: yo tengo a Jardiel y Alvite, mamerto. Y mi pluma bebe códigos civiles. Te espero meando paciencia emboscado en mi palabra y mi libertad, que es un dardo, ¡qué digo!, una centella.

Dedicado a la memoria aforística del maestro del Savoy.

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