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Opinión

The Ghost Perfumer o las mentiras tras la casa Creed, una reflexión y una reseña crítica

En ocasiones el proceso intelectivo que realizo para conocer, comprender y aceptar una nueva fragancia se ve interferido por mi situación personal, por mi estado de ánimo, incluso por la forma en la que llego a conocer la misma, o por docenas de aspectos extrapolados, alienados o ajenos a la fragancia. También a veces me es complicado abstraer al perfumista de su obra, diferenciar creación y autor, uno de mis más comunes prejuicios; también empresa y producto, especialmente cuando puedo entrever maniobras entre bambalinas, cuando vemos el cartón y detectamos lo deshonesto de no pocas propuestas, y de sus adláteres. Hay un montón de condicionantes sujetos a mi voluble subjetividad que operan para que me guste o no un perfume. Creo que en dicho proceso hay más sentimiento e individualidad que razón lógica y no debería ser así, al menos de manera ideal.

El propósito central tras esta introducción mía no es otro que señalar cuán complicado es formarse una opinión lo más libre de prejuicios posible, lo más aséptica y quirúrgica, alejándonos de las emociones y dejando que el peso de nuestro criterio estribe en la lógica y el sentido común, descansando sobre ambos conceptos de manera sólida y firme. Para formar una opinión bien cimentada lo primero que tenemos que verificar es que toda la información recabada es fidedigna. Aquí viene el primer problema, pues buena parte de la misma, fundamentalmente aquella que nos llega desde las casas de perfumería, o bien está incompleta, o bien se presenta sesgada cuando no es entera o parcialmente falsa. En no pocas ocasiones se nos miente o se tergiversan datos, o escamotean y camuflan, incluyendo información sobre las notas, perfumistas implicados en la formulación de la fragancia, concentraciones, reformulaciones, dónde y cómo se fabrican los productos (algo hoy especialmente delicado, toda vez que el mundo se ha vuelto más exigente, reclamando transparencia, compromiso ecológico, inclusividad y estúpida corrección política). Resumiendo: nuestras opiniones idealmente debería están fundadas sobre hechos contrastados. Pero no se lleven a engaño, si bien debemos buscar la verdad en los hechos, una opinión no es una verdad. La verdad es un hecho contrastado que no requiere argumentación, pero nuestra opinión siempre es debatible y puede argumentarse, estando más o menos fundamentada.

Todo esto que les he contado arriba, otra digresión típica mía, viene a colación por la reciente aparición del libro que hoy quiero reseñarles y que viene a sacudir conciencias aportando datos que hacen tambalear la que fuera y es una de las empresas de perfumería premium más reseñadas ahí fuera, me refiero a la casa Creed. Escrito por Gabe Oppenheim, este ensayo de investigación viene a poner en solfa la pretendida tradición histórica de esta casa, que según su literatura data de 260 años atrás. Oppenheim ofrece datos contrastados que demuestran que esta supuesta trayectoria empresarial en el mundo de la perfumería es una mera patraña hábilmente orquestada por Olivier Creed. Es más, el autor ofrece información prolija sobre la autoría de los perfumes de la casa, que lejos de ser obra de Olivier lo son de diferentes perfumistas, especialmente Pierre Bourdon, entre otros, a los que no se les dio el legítimo crédito que merecían. Es decir, para que nos entiendan todos ustedes, y recapitulando: este libro revela que los creadores de los perfumes de Creed, obras hoy tan importantes como Aventus, Green Irish Tweed, Silver Mountain Water o Millésime Impérial no fueron miembros de la familia, especialmente Olivier Creed, sino perfumistas de la talla de Pierre Bourdon, especialmente, Jean-Christophe Herault o Julien Rasquinet, entre otros. Y lo que es más: toda la pretendida narración del legado empresarial presuntamente ligado a la fabricación artesanal de perfumes para la aristocracia y la realeza de la casa Creed, remontándose siglos atrás, es un embuste de tomo y lomo, ya que el primer perfume de esta empresa, como bien queda atestiguado en el libro, data de los años 60.

El libro, verdaderamente, es todo un repaso exhaustivo y en ocasiones implacable y crudo de la trayectoria del señor Olivier Creed, un individuo, que siempre según el autor, destaca por su astucia, inmoralidad y la innata capacidad para manipular, engañar y mentir. Renegando de la tradición familiar en el negocio de la sastrería de lujo, hecho demostrado, Olivier comienza mediados los 60 su carrera como perfumista impostor, presentándose en una perfumería de Lille, Soleil d’Or, con tres creaciones que, según confirman los responsables de la misma, en declaraciones recogidas por el autor, fueron hechas para Creed, no formuladas por Olivier, ni nadie de su familia. Estas fragancias eran Tabarome, Cypres-Musc y Bayrhum Vetiver. Ya en los años 70, Olivier comenzó a visitar a otros perfumistas incipientes para depredar sus fórmulas. Inopinadamente, la primera víctima fue un joven Bernard Ellena, que cedió por una cifra desconocida una de sus fragancias, que pasaría a ser Acier Aluminium, cuya autoría aún se arroga a James Henry Olivier, padre de Olivier. Poco después, la siguiente víctima de los Creed sería, nada menos, que Pierre Bourdon, que a la fecha ya había firmado uno de los más míticos perfumes de la época: Kouros, para Yves Sant Laurent. Según Bourdon, el acuerdo al que llegó con Olivier, siempre verbal, fue de que éste último emplearía las formulaciones rechazadas en los «briefs» a los que optaba Bourdon (para aquellos menos entendidos, un «brief» es una propuesta de nuevo perfume que propone el cliente a diferentes perfumistas, éstos optan a formular y fabricar y vender los materiales si logran que su propuesta se lleve el gato al agua) a cambio de un pago que, en no pocas ocasiones, se saldaba con algún traje hecho a medida proveniente de la sastrería Creed y, esto es lo más importante, con la promesa que, a la jubilación de Bourdon, Olivier Creed se comprometía a pagarle una importante suma de dinero, algo que finalmente no se produjo. Así pues, descubrimos que perfumes como Green Irish Tweed, Silver Mountain Water, Millésime Impérial o Erolfa, entre otros, fueron creaciones originales de Pierre Bourdon, o más específicamente, formulaciones presentadas para optar a un «brief» que resultaron rechazadas por otras casas. Por ejemplo, según Oppenheim, la primera fragancia escamoteada de esta guisa por Olivier fue Fleurs de Bulgarie que en realidad era la fórmula presentada por Bourdon para el «brief» Courrèges in Blue de L’Oréal. Y lo más sangrante es que, siempre según la embustera narrativa de Creed, esta fragancia fue originalmente creada en 1845 para la reina Victoria de Inglaterra, ahí es nada… ¡sencillamente increíble! Y les daré otro ejemplo palmario que viene a demostrar todo el entramado de patrañas que sustenta esta casa y sus responsables, además contando con una de las fragancias emblema de la casa: Green Irish Tweed. Pues bien, si leemos la historia amañada a todas luces de este perfume según los Creed, aprendemos que la misma fue creada para el rey Alfonso XIII. Sí, efectivamente, ése rey Borbón que conocemos tan bien en este país. Pues según el autor y Bourdon, la misma fue pergeñada en 1986 por Bourdon para un «brief» también de L’Orèal, concretamente una fragancia de una de sus casas satélite, Sagamore de Lancôme. Finalmente este «brief» se lo llevo Jean-Louis Sieuzac y, como ya habrá adivinado, la propuesta presentada por Bourdon y rechazada acabó convertida en Green Irish Tweed. Sí, tan increíble como resulta, tan vergonzoso como es. Siendo así, y no dudo que lo sea tras leer el libro, se entienden perfectamente las similitudes entre Green Irish Tweed y Cool Water, aparecida poco después y una de las creaciones icónicas de Bourdon, así como una leyenda en la perfumería moderna.

Y todo así, señores, Oppenheim, con su estilo desenvuelto y directo, a veces algo recargado, recurriendo a frases largas concatenadas y un vocabulario de una riqueza ubérrima, dispara una y otra vez al muñeco acertando y agrupando sus tiros con la precisión de un francotirador. Especialmente interesante resulta la historia tras el desarrollo del que es el buque insignia de la casa Creed, Aventus, cuya literatura fantasiosa relaciona con Napoleón Bonaparte, ahí es nada. Pero Oppenheim desvela que Aventus fue creado por Jean Christophe-Herault, pupilo de Pierre Bourdon. El toque de piña en las notas de salida está en el ADN de muchas fragancias desarrolladas en la época por su maestro, algo que instiló en su pupilo y que se demostraría fundamental en el proceso de desarrollo de Aventus. De hecho la característica nota de piña está ya presente en una fragancia que firman juntos Bourdon y Herault, maestro y pupilo, Canali for men (2005). Otro perfume de Canali un año anterior a Aventus, Canali dal 1934, ya incorpora casi todos los ingredientes de Aventus (también firmada por Herault). De hecho el ingrediente novedoso que faltaba en los Canali y que incorpora Aventus es un almizcle alicíclico, Helvetolide creo yo (porque el autor no tiene permiso para divulgarlo), entonces cautivo de Firmenich, más ambroxan, la molécula preferida de Herault, más una buena cantidad de naturales, vainilla, la nota de piña referida, el toque ahumado y pachulí, que en batches posteriores se ha alterado, más isobutil quinolina, y más notas. Obviamente nunca se ha dado crédito al verdadero autor de la que es la fragancia más importante de los últimos años y que ha amasado una colosal fortuna en ventas, importancia capital en el hecho de que un fondo de inversión de la talla de BlackRock se decidiera a adquirir Creed hace un par de años por una cifra, se dice, de miles de millones de dólares. Una cifra colosal para una mentira colosal. Así es nuestro mundo, tristemente: todo es de cartón piedra. Por cierto, dinero que no llegaría a los bolsillos de los verdaderos creadores de los perfumes de Creed, tal como se les prometió, al menos a Pierre Bourdon.

Pero no acaba aquí esta historia, pues tras jubilarse Bourdon, Olivier no tardó en encontrar otras víctimas acomodaticias para continuar arrogándose el esfuerzo ajeno y por ende engordar su ego y su burda y manipulada trayectoria como perfumista. Aquí entra en juego un joven Julien Rasquinet, que formularía otras de las últimas creaciones de Creed, como Royal-Oud, cuya autoría, cómo no, también se atribuye a Olivier Creed. Y así seguimos…

Luego, en su última parte, el autor hace un repaso a otros casos sospechosos en el mundo de la perfumería, una suerte de recapitulación de esos secretos a voces que resultan, a veces, tan clamorosos como un elefante en una cacharrería, comentando, por ejemplo, sobre Roja Dove y el carácter derivativo de sus creaciones y las dudas sobre su autoría; o la turbulenta y oscura trayectoria profesional de Pierre Montale (no es su sombre real); o la práctica de arrogarse una doble identidad, como un conocido perfumista nacional, de creaciones mediocres, que emplea un alias. En fin, el libro aporta otras muchas anécdotas, que es innecesario referir.

Hay pocas cosas que pudiera señalar del libro, pero me voy a permitir destacar unas pocas pues, por deformación profesional, ya que tengo experiencia en el mundo de la edición, puedo compartirlas con ustedes. Primero de todo referir el particular estilo del autor, como he apuntado antes, resulta muy florido y personal, empleando un vocabulario rico, en ocasiones algo rebuscado, como si nuestro escritor tuviera la pulsión inconfesable, algo redicha, de demostrar su manejo desenvuelto del inglés. Esto resulta en construcciones gramaticales en ocasiones embrolladas, pero que no obstante nos ofrece un estilo diferente que a la postre se nos antoja original y fresco. Debo confesar que tengo debilidad por este tipo de sentencias angulosas y grandilocuentes, pues yo mismo hago uso de las mismas en mis textos, como no pocos de ustedes podrán atestiguar si tienen la mala costumbre de leer mis reseñas con asiduidad. También a nivel editorial, he encontrado algunas erratas, pero éstas no son de importancia, exceptuando un par que, graciosamente, han sido recogidas por la editorial y el autor en una tarjeta impresa dentro del libro. Las demás erratas y errores tipográficos, digamos, tampoco son de entidad, amén de algún gazapo en la puntuación de las frases que, en ocasiones, pudieran deberse al particular estilo de escritura del autor. Comentarles que el inglés no es mi lengua materna, así que mis críticas deben también tomarse sin rigidez, aunque tengo formación de sobra en su manejo con la correspondiente titulación.

También hay otra cosa que me ha llamado la atención poderosamente del libro, y que el autor, a pesar de intentarlo una y otra vez, no logra resolver, y es perfectamente entendible, porque es un asunto tan personal que sólo Bourdon, en su fuero más interno, puede solventar. Me refiero a la ingenuidad de éste último, Pierre Bourdon, y los demás, pero especialmente la de Pierre, para transigir con toda esta ignominia, para tragar con semejantes ruedas de molino. Es todo tan injusto, una apropiación tan burda y sostenida en el tiempo de la creatividad ajena que cuesta entender cómo no se le puso coto o denunció antes. Y es que creo que esta circunstancia, lejos de hablar sobre la ingenuidad manifiesta de Bourdon, que también, da cuenta de su natural bonhomía, de su talento y genio, de su personalidad e independencia, de su quijotismo e idealismo, como Oppenheim declara en su párrafo final del libro. Y con eso me quedo. Sólo me resta añadir: ¡muchas gracias señor Bourdon, es usted todo un ejemplo de integridad y genio!

Y mientras escribo esto y este libro comienza a llegar a todo el mundo, y tengan por seguro que se convertirá en un clásico más pronto que tarde, en lugares como Fragantica o Basenotes, en miles de tiendas de todo el mundo que venden las creaciones de este hato de embusteros, sigue figurando toda la sarta de mentiras que el egoísmo y la inmoralidad fehaciente de este personaje ha generado, desenmascarado al fin por el autor en este libro ya imprescindible. Si hubiera algo de justicia en este mundo decrépito y podrido, esto debería cambiar más pronto que tarde.

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