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Akkad: de brumario a termidor

Pocas casa perfumeras hay con tanta solera e historia como la francesa Lubin. Sobre estas líneas, pueden ver una instantánea de su antigua fábrica en Courbevoie, en el Boulevard de Verdún, taller artesano y factoría de la entonces conocida como Parfumerie Lubin, en la periferia (banlieue) oeste de París, construida por Paul Prot en 1900, convirtiéndose en su tiempo en una de las más grandes factorías de perfumes de toda Francia, y por ende del mundo.

Pierre François Lubin fundó la empresa en 1798 cuando comenzó a suministrar cintas perfumadas, bolas de polvo de arroz y máscaras a las élites parisinas, Les Incroyables et Merveilleuses, tras el periodo de transición inaugurado en la conocida como Reacción de Termidor, decapitado el jacobino Robespierre, y el establecimiento del Directorio. Sin duda, éste, un periodo de agitación social, precipitado por una sociedad convulsa que quería deshacerse de los horrores vividos durante El Terror, iniciando una época de disipación, excentricidad, extravagancia y no cierta decadencia libidinosa como forma de exorcizar las penas sufridas años atrás.

Teresa Cabarrús, una Merveilleuse afamada en la época

La reputación de la casa continuaría creciendo exponencialmente, siendo la preferida en todas las cortes europeas de la época, amén de ser la primera casa perfumera francesa que daría el salto a los Estados Unidos tan pronto como 1830. Lubin pasaría a ser propiedad de la familia Prot, primero en la persona de Felix Prot y más tarde de Paul y sus hijos.

Los Pront terminarían por vender Lubin a finales de la década de 1960. Y a partir de entonces se sucedieron no pocos cambios en la propiedad, circunstancia que coadyuvaría al progresivo empobrecimiento de sus líneas y la decadencia general de la marca y productos asociados. Primero Lubin pasó a formar parte del conglomerado industrial alemán de Henkel a finales de la década de 1970. Más tarde, en 1984, pasaría a ser propiedad del conocido fabricante de la no menos famosa colonia 4711 (Eau de Cologne & Perfumerie Fabrik Glockengasse No. 4711 gegenüber der Pferdepost von Ferd. Mülhens in Köln am Rhein), empresa que, ya con otra denominación, Mülhens S.A. & Co. KG., pasó a formar parte en 1994 del grupo Wella AG de Darmstadt. Y no acaba aquí la enrevesada trayectoria empresarial de la marca Lubin, ya que Wella, tras reorganizar su división bajo el paraguas legal de una nueva sociedad, Cosmopolitan Cosmetics GmbH, fue adquirida en 2003 por el fabricante estadounidense de detergentes y cosméticos Procter & Gamble. Espero que no se hayan perdido en el camino, porque seguimos…

Como les decía, en el curso de todos estos convulsos cambios de propiedad, Lubin perdió temporalmente su importancia, parte de su esencia y legado. Pero en 2004 se produciría un punto de inflexión, cuando el emprendedor francés Gilles Thévenin, que anteriormente había sido director creativo de Guerlain y jefe de marketing de Rochas, se hizo cargo de la casa de fragancias y comenzó a reconstruir la marca. Gracias a la labor de Thévenin, se consiguió recuperar el extenso archivo perfumístico, en el que se está trabajando todavía, con la ayuda inestimable de antiguos empleados, con el ánimo decidido de restituir el prestigio de Lubin, trayendo de vuelta buena parte de sus creaciones más recordadas y atemporales.

Y es aquí donde hoy nos encontramos. Creo yo que en ése punto clave donde la marca, renacida cual ave fénix de sus cenizas, está buscando aún su lugar para asentarse de nuevo, cimentar su trayectoria en una base de clientes estable que le permita avanzar. Dependerá su éxito de que sepan adaptarse y competir en un mundo, el de la perfumería premium, donde la competencia es bestial, creándose cada poco nuevas líneas, marcas y demás de una calidad muy notable. A Lubin lo que no le falta, y es algo de lo que carecen otras empresas (a pesar del esfuerzo que están realizando no pocas en labrarse una trayectoria histórica inventada, de mentirijillas, como Clive Christian), es el legado nimbado de historia, trufado por la experiencia de un devenir que se cuenta por siglos.

Pero bueno, yo he venido aquí a hablar de Akkad, una maravilla de esta casa que me gustaría comentarles. Sirva todo lo demás para glosar la ubérrima trayectoria de Lubin, que tampoco viene mal conocer todo esto. Lo primero que nos llamará la atención es el curioso nombre: Akkad. Por la narrativa que podemos leer en la propia página de la Marca, claramente inspirado en la ciudad de Agadé (Akkad, ciudad capital del Imperio Acadio). Y es curiosa la mención en el fragmento a la diosa Ishtar, porque es harto probable que el nombre de la urbe provenga del sumerio Aga.dè, cuyo significado es corona de fuego en alusión a Ishtar o Anunit, la diosa refulgente del panteón babilónico. También se nos menciona a Sargón el Grande (en acadio Sharrum-kin), conformando una interesante historia que se complementa, casi mágicamente, con la botella, que pueden ver bajo estas líneas.

No soy muy fetichista (miento, en realidad lo soy en demasía), pero compraría Akkad sólo por la botella. Apuntarles que la fragancia pertenece a la línea denominada Colección de Talismanía, donde hay algunas otras joyas que merece destacar, especialmente Korrigan.

Akkad cuesta 160 euros para una botella de 100 ml, un tanto elevado pero bien merece la pena en esta ocasión, porque el perfume es sencillamente delicioso. Aunque les animo a probarlo por sí mismos, Akkad es una fragancia sensualmente incensada y resinosa, pletórica en su untuosidad queda y acompasada, no atropellada, donde reina el olíbano puro, la jara y el elemí, para dotar al conjunto de la sensacional orquesta ambarina de sublime donosura. Saben, de ése aticismo en el discurso hilvanado por suaves notas y acordes que departen en orden conformando una declaración bella en su naturaleza, en su simpleza, en su apostura y suntuosidad, casi litúrgicas, de rituales esotéricos de otrora bajo la piedra milenaria de estructuras ciclópeas no euclidianas. Éso es Akkad, que no es poco. No podría entender mayor placer que vestir esta maravilla mientras escucho al coro de los esclavos hebreos en el Nabucco de Verdi.

En fin, seguro que me he pasado un poco en mis alegorías, adornadas como es mi costumbre. Pero bueno, quédense con que Akkad bien merece la pena.

Y si me permiten, les sugeriré otra fragancia, muy en este estilo, salvando las distancias y con sus notables diferencias, pero que resulta también maravillosa, me estoy refiriendo a Málaga Santa, que no es más que una composición reetiquetada exprofeso para la tienda Ecuación Natural de una bella fragancia de Oriza L. Legrand, Rêve d’Ossian. Como les decía, maravillosa y a un precio algo más contenido que Akkad. Pruébenla, tal vez me lo agradezcan.

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