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Nicho

Bourbon, de Hendley

Hendley Perfumes fue fundada por Hans Hendley en 2014, dedicándose a la manufactura artesanal de fragancias meticulosamente formuladas, mezcladas, embotelladas, etiquetadas y remitidas por el propio perfumista. Es decir, nos encontramos ante una casa en verdad artesanal, integral, sin subterfugios aparentes, ni asomo de excentricidades superfluas, donde el propio artista maneja todos los hilos en su laboratorio alquímico, con el celo y mimo de un esteta primoroso, una suerte de musageta que conduce su propia inspiración primigenia para tornarla en elixir líquido y luego transmutar la misma en objeto esencial. En definitiva, lo que destacaría de este señor es su aspiración artística, su decidido empeño por ofrecer un admíniculo fragante y hermoso de imaginada belleza capaz de arrobar y embelesar al destinatario, al contingentar los más cuidados y delicados ingredientes en sus sencillos receptáculos.

Sí, simplicidad. Lo más difícil de lograr. Aunar la belleza con lo elemental, aspirar a la universalidad desde la beldad espontánea y afable de lo sencillo, pues la simplicidad es la máxima sofisticación y la más elusiva de las artes. En carácter, en forma, en estilo, en todas las cosas, la excelencia suprema es la simplicidad, y en ella resta la verdad, alejada de la multiplicidad y confusión de las cosas. Nuestra vida es maltratada por los detalles, por la profusión: plétora de un sinfín de multitudes.

Bourbon es la simple, tal vez afortunada, crisopeya perfumística de lograr convertir en oro un acorde ya muy reconocible, por clásico: vainilla, benjuí y ládano, ámbar y notas amaderadas. Lo simple aquí, lo novedoso, lo rompedor, es hacerlo bien sin acumular materia innecesaria que interfiera en demasía, algo así como descartar electrones y protones para desmadejar sus hadrones y mesones, y más aún, hasta alcanzar la misma esencia de la materia y arrojar quarks y leptones en una nube alicorada de gluones ambarados y alicorados que vibran cadenciosos y calmos en el ensalmo subatómico de lo perfecto. En Bourbon todo es inicio y final, no hay pirámide como tal, un concepto elusivo y complejo por falsario. Aquí encontramos un acúmulo vital que se mueve íntegro, al unísono y deslavazado a la par, arrojando todos sus elementos en un instante de ensoñación, mientras el misterio de su concepción gravita pesada y ausente con espín, con extraño y artero momento angular intrínseco, fraccionario, que va y viene, que se embosca y aparece, capturado por la atracción estética: interacciones fuertes, débiles y electromagnéticas. Y así el leve roción de la cáscara de naranja viene rotando en torno al espasmódico castóreo; y el coñac se asimila al lignum vitae y al roble, y todo ese totum revolutum que de manera sencilla se ordena y compartimenta, se desordena y altera en una suerte de supersimetría aún por descubrir. Bourbon es un teorema, una teoría, un problema irresoluble de una sencillez homérica.

De seguro que no han entendido nada, pues la simplicidad me es elusiva, de ahí mi mediocridad, mi insuficiencia, mi carencia y mis limitadas entendederas. Si pudiera, como ustedes, comprender lo que he escrito, entresacar la verdad del lío, yo no sería quien soy y Hendley no sería quien es, o tal vez sí…

Esta reseña ha sido realizada empleando nuestra propia botella, adquirida en la tienda del artista en EE.UU.

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