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La Tsarine, la libídine de Senyokô

Para glosar la vida, hechos y legado de la gran zarina de Rusia, Catalina II, han corrido ríos de tinta, y no podía ser de otra manera, pues sus más de treinta y cinco años de reinado estuvieron trufados de acontecimientos notables, grandes logros y avances; aunque también sembraría la simiente de no pocos problemas que se enquistarían en la estructura social del imperio ruso y que terminarían por estallar siglo y medio después (así como su leyenda negra, tan falsa y acomodaticia como más adelante descubriremos). Si bien los éxitos políticos y militares de la zarina ofrecerían sus más magros frutos en el exterior, sus intentos por secularizar el estado, su empeño ilustrado en favorecer los avances científicos y socioculturales la convirtieron en todo un referente en Europa y en el mundo entero (fue la primera en vacunarse para dar ejemplo a su pueblo, actitud loable y avanzada a su tiempo). Obra suya fue la creación de la fantástica colección del museo del Hermitage, así como la Academia Imperial de Artes, y por si fuera poco dio el espaldarazo definitivo a la consolidación de la Biblioteca Nacional Rusa adquiriendo miles de valiosos volúmenes, entre otros logros notables, como la construcción de universidades, teatros (el célebre Bolshói, sin ir más lejos) y la aparición y consolidación de la prensa escrita que, inopinadamente, durante algunos periodos del extenso reinado de la emperatriz, gozaría de cierta independencia. Como podrán imaginarse, dado el perfil histórico del personaje, podríamos perorar largo y tendido sobre el mismo, pero no es éste el objeto de esta reseña, no al menos su parte mollar.

Quería yo decir con esta introducción que, algunos mentecatos, recuerdan a Catalina por sus amoríos, amantes, supuestas prácticas sexuales desviadas (incluyendo el bestialismo) y demás zarandajas. Si bien es cierto que Catalina disfruto de la compañía de varios amantes, todas las demás patrañas vertidas contra ella tienen su origen en la época soviética, cuando la burda propaganda comunista trató así de enturbiar su legado con embustes fabricados en las mazmorras del agitpróp bolchevique. Esto mismo lo hemos visto con otras grandes mujeres a lo largo de la historia, líderes en su tiempo de pueblos y estados, grandes naciones enfrentadas a momentos clave en su devenir, contra viento y marea y el machismo rampante. Sin ir más lejos, podemos tomar el ejemplo de nuestra Isabel I de Castilla, la Católica, de la que se decía era descuidada en su aseo, y que no se cambió de camisa hasta conquistar Granada. Otra estupidez que los historiadores serios ha desmentido con datos escritos y reseñados en las crónicas de su tiempo, presentes en los archivos nacionales. De hecho, Sancho de Paredes Golfín, entregado y diligente camarero de la reina, con acceso a sus aposentos privados, así lo consigno en sus más de diez diarios y libros de cuentas. En uno de ellos, Sancho de Paredes llegó a anotar una prolija lista catalogando todas las fragancias y perfumes que empleara la reina, como la algalia y el más refinado almizcle, que mixturaba con aceite de azahar y agua de rosas, así como ámbar fino y agua de murta que usaba con prodigalidad como desodorante junto a la untura de rosa mosqueta, utilizada por la reina para regenerar la piel y eliminar manchas, cicatrices y estrías. Todo ello nos da una imagen radicalmente opuesta a la leyenda negra tejida, otra vez más, en torno a una mujer extraordinaria, demostrándose como una persona que trataba de mostrarse aseada para cuidar su gravedad, no en balde, el monarca estaba investido con la dignidad de saberse vicario de Dios, y por tanto obligado a mostrarse límpido y pulcro.

Y dicho todo esto, que servirá de seguro para enmarcar la reseña propiamente dicha del perfume de marras, y situarles a ustedes a salvo de cualquier engaño o trapisonda, vamos con La Tsarine de Senyokô. Esta marca parisina fue fundada en 2018 por el matrimonio conformado por Joseph y Emilia Berthion. Hasta la fecha cuentan en su haber con la dirección creativa de cuatro fragancias, incluyendo esta La Tsarine, más Duo des Fleurs, Madama Butterfly II y Migration de L’Arbre. Sólo he probado la que hoy nos ocupa de las cuatro, pues su narrativa y notas me han atrapado. El propósito de cada una de estos perfumes, según nos cuentan los Berthion, no es otro que el de contar una historia, o tratar de hacerlo al menos, con mayor o menor fortuna. Es evidente, como veremos a continuación, que sus autores han connotado en su narrativa la vis sexual del personaje, supuesta o afectada de manera premeditada. De hecho emplean ilustraciones de contenido erótico en el reverso de la caja como referencia gráfica a uno de los famosos muebles de inspiración erótica que se dicen formaban parte de la colección de la zarina.

En verdad estos muebles existieron, aunque sólo quedan de ellos unas pocas fotos que tomaron soldados soviéticos de los mismos antes de que fueran destruidos durante un bombardeo de la Luftwaffe. Más tarde, un artista francés, Dominique Roitel, basándose en las fotos, realizó cuidadas reproducciones de este mobiliario, incluyendo la mesa de los penes cuyas poderosas eyaculaciones sostienen el redondel que sirve de tablero ornado.

Todo esto, si me permiten, queda en una mera anécdota, que debo admitir resulta interesante, ya no chocante, pues a estas alturas resta muy poco bajo el sol que pueda llegar a sorprendernos o escandalizar. Me refiero a las ilustraciones, el cuidado diseño de la caja, sus oscuras referencias históricas (además de esta mesa, en la ilustración de la caja, que pueden ver coronando la entrada, Catalina se sienta sobre un trono también decorado con motivos pornográficos que existió igualmente, pues quedó constancia del mismo en los documentos fotográficos de los soldados del Ejército Rojo). Como les decía, todo ello resulta cautivador, rozando lo kitsch, pues la mesa de marras bien podría presidir el salón de John Waters. Pero, y del perfume, ¿qué?

La Tsarine es una creación deliciosamente sucia pero que, lejos de lo que nos sugieren otras reseñas que he podido ver (escritas y en vídeo, una de ellas todavía dando pábulo a la absurdez del caballo), no resulta avasalladora ni ofensiva. Es cierto que la nota de comino crea un característico acorde de contenida sudoración que se ve inflamada por el añadido de la civeta y el castóreo. Efectivamente, existe en esta composición un sutil hálito de diaforesis, pero se nos aparece emasculado por un fondo floral tenue y apagado, mortecino, pero que se agarra a la piel y persiste, a duras penas, durante la vida eviterna de esta cosa en nuestra compañía, regalándonos, empero, incluso un vahído apenas jabonoso. El nardo aquí presente es huidizo, el jazmín bisoño, el narciso apenas se percibe, pero están ahí, se adivinan emboscados, magníficamente mimetizados, apostados, acechantes. No hay nada que nos recuerde a orina, como he leído por ahí, en absoluto. Pero no me importaría detectar el leve toque a micción humana que aportan los acordes melíferos, pero no los hay aquí. Para mí algo así, siempre que se demuestre contenido, sí que resulta erótico. Si me dejan explicarles, la protervia del comino, sin duda la nota dominante, recrea la escena vívida del acto sexual, donde la transpiración de los amantes se mixtura en el fornicio, resolviendo o disolviendo por el candor de la piel al rasar lo que resta del perfume y jabón que hubiere en sus cuerpos ya exudados de libídine y transpiración. ¿No es esto maravilloso? El buen sexo es poder y fluidos, más concretamente el intercambio humano ad libitum de dominio y humores (saliva, semen, sudor, flujos vaginales y lágrimas), sin intermediaciones artificiales, sin decoro: sucio y lujurioso. Si el sexo no es sucio, no es sexo, al menos no buen sexo. La Tsarine es el componente preciso, necesario, para decorar la piel del amante. Una trampa libidinosa, excepcional y cautivadora que podemos arrojar sobre nuestro ser como un reclamo concupiscente de placeres velados. Para mí, una mujer tocada por esta esencia lasciva, venérea y sicalíptica sería mi perdición. Ay, qué genésico abandono al deseo.

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