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Opinión

El río

A veces leer es complicado, quizás sea de las cosas más complejas que pueda usted hacer hoy, y cada vez lo es en mayor medida. No nos damos cuenta, como decía un famoso escritor, que las palabras en la página son en realidad piedras en el cauce de un río, que nos permiten cruzar la corriente, y marchar
de lo que hemos leído a lo que se nos cuenta. Muchos nos quedamos ensimismados, mirando los remolinos que se forman a nuestro alrededor, según la corriente golpea la roca sobre la que nos alzamos, todavía honrados por el autor, aunque despreciados por la historia, que nos aguarda en la otra orilla. Finalmente conseguimos arribar a nuestro destino, y podemos mirar atrás, a la ribera opuesta, y es entonces cuando contemplamos a centenares, sino miles, de frustrados lectores que jamás llegan a entender la historia que salpica entre las rocas, que son palabras en un río de tinta. Se agolpan en la ribera, con gesto transido, estoico, incluso miserable. Es posible trascender la ocasión, y verse reflejado, no en el agua que corre frente a nosotros y nos separa de la muchedumbre, sino en la misma masa de individuos. Sí, pues muchas veces hemos formado parte de ella, aun sin ser conscientes. No hemos comprendido el mensaje, atontados. Tampoco me extraña, pues hay muchas historias que no merecen ser contadas, y lo son. Regatos estrechos y mezquinos, que podemos saltar de un brinco, sin esfuerzo
ni sacrificio. No hay piedras aquí, pues el cauce no es lo suficientemente ancho. Sólo cruzar afanosamente nos permitirá aprehender la historia más allá. Y es por ello que no pocos buscarán el lugar para vadear,
marchando arriba y abajo de la orilla, pues saltar, aunque la distancia sea ridícula, aparentará fatigoso.

Y luego está la labor del escritor —o del crítico especializado— que, como si se tratase de un dios capaz de manejar a su antojo las formidables energías plutónicas de la Creación, debe sembrar de piedras —que son palabras— los cauces abiertos en la roca, por los que fluye el agua. En fin: no es nada fácil.

Alguna vez reflexionaremos sobre lo que acabamos de leer, o escuchar, porque lo que yo trataba de explicar, de manera poco afortunada, me temo, serviría o podría aplicarse también al discurso, a la exposición a viva voz, al debate, algo que creo muy necesario para analizar lo que está ocurriendo hoy en el mundo de la perfumería —o en cualquier otro—. Aprenderemos a localizar y señalar las falacias lógicas enmascaradas, el contexto impostado, la futilidad de lo personal frente a lo general, y el peligroso e incipiente espectro de la ingeniería social que subyace bajo el disfraz de lo políticamente correcto. Y no porque lo que pretendamos conseguir sea erróneo, sino porque en su consecución, en el camino que va entre las piedras, por el río, de una orilla a otra, podemos perder pie y caer al agua. Es entonces cuando la consecución de la opinión y la subyacente “mente pública” quedan asociadas, con el peligro inherente. Como un combate cultural, pero la inversa, donde una idea o posición es superada por otra, imposición mediante y presión social. Una vez rebasada esa primera idea, por errónea que pueda ser, cualquier
referencia queda señalada y proscrita, censurada.

En definitiva, más el allá del curso de la historia y la perenne mutación de las sociedades posmodernas, la crítica —de cualquier tema— debe fundamentarse en la independencia y el criterio personal, apoyado sobre el sólido cimiento de la integridad personal. Exponer tu parecer desde la más absoluta sinceridad, aunque se presente dura e implacable. Digo todo esto porque me llegan, de tanto en tanto, mensajes que me acusan de fomentar una crítica destructiva que es pretendidamente huera, algo que, por todo lo expuesto, no deja de sorprenderme. ¿Qué pretende este gente, que me autocensure? ¡Al diablo con ellos!

Y esto ya ha pasado antes, a poco que uno se moleste en volver sobre sus pasos y aprender cómo hemos
llegado hasta aquí y lo que nos ha costado. ¡Como para andar cruzando ríos!

NOTA: La foto que preside esta entrada es obra del célebre fotógrafo Alfred Eisenstaedt.

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